La muerte chiquita (La petite mort). Por Ana Paulina Gutiérrez

Tendida en el piso, escuchaba sobre su cabeza los pasos de los vecinos, sus risas, los sonidos de los vasos de cristal chocar entre sí. Sus manos recorrían su propio cuerpo. Caricias que no piden permiso. Podía sentir cada centímetro de piel.

La muerte la rondaba. La seducía con su aliento vaporoso, la envolvía como en un capullo suave, etéreo. Olía a fresas, a bosque, a mar, a piel. El capullo se extendía por todo su cuerpo, acariciándola sin manos. Se detenía en el cuello y la lamía despacio, después la lengua recorría sus mejillas, la barbilla, y provocaba que su cuerpo se derritiera en mareas. La mordía suavemente, como un gato.

La mente en blanco, después en mil colores.

Imaginaba sus brazos fuertes rodeando sus muñecas. No podía moverse, no quería hacerlo. Estaba dispuesta a dejarse matar. Cerró los ojos un momento y tomó aire. La lengua estaba en sus pezones, alrededor de ellos, en sus axilas. Bajaba por su vientre, haciendo círculos, multiplicándose en mil lenguas que se colaban entre sus piernas. Bocas que mordían sus muslos. Manos que apretaban sus nalgas. Ojos que veían como se acercaba a la muerte.

No podía moverse más. Sentía su sangre calentarse y abandonarla por los poros, hecha vapor. Los pezones firmes, hinchados, alerta. Las piernas tensas. Los dientes apretados.

Los ojos cerrados-abiertos-cerrados. El mundo entero encima de su cuerpo, el universo, las estrellas, el movimiento. El aire. La quietud.

No pudo más. Explotó. La muerte chiquita le quitó la vida una y otra y otra vez. Le dejó el cuerpo hecho trizas. Los vecinos guardaron silencio. “Alguien ha muerto y el mundo sigue moviéndose.”

 

Nota de La que Arde: Al alcanzar el orgasmo, algunas mujeres entramos en un estado de trance o pérdida de la conciencia durante unos segundos. Esta experiencia sublime ha sido denominada “La petite mort”, en francés, o “la muerte chiquita”, en español, en el caso de nuestra autora.

lustración de Fred Hatt

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