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Primeros apuntes de un pasado insurrecto. Por Ivonne Ramírez

Veo crecer hasta mis ojos figuras de silencio y desesperadas.
Escucho grises, densas voces en el antiguo lugar del corazón.

Alejandra Pizarnik

 

Escribo este texto alentada por mi madre, que está sentada a mi lado tomando su taza de café. Mi mamá estuvo vinculada a un movimiento socialista guerrillero y hace 23 años salió del CERESO de Ciudad Juárez después de haber cumplido una condena de 4 años por acciones subversivas. Asegura que la han acechado en un par de ocasiones desde entonces. Lleva ya algunos años tratando de buscar un trabajo estable, sobre todo desde que se vino a vivir de nuevo a esta frontera donde le ha sido imposible hallarlo porque, luego de tantos años, aún tiene esos antecedentes penales. Ésa es la mal llamada “reinserción social”, supuesta fase de la falacia que es el régimen penitenciario. Ya muchas activistas del abolicionismo carcelario han expuesto durante años que el sistema punitivista sólo ha perpetuado formas de dominación patriarcal, capitalista, misógina, racista, clasista, capacitista, por mencionar algunas, sin representar una verdadera vía de solución de los conflictos sociales.

-¿Qué día te arrestaron exactamente, recuerdas la fecha?-, le pregunté esta mañana a mi madre mientras yo buscaba un periódico que había guardado sobre el hecho.

-No me acuerdo exactamente, sólo recuerdo que andaba menstruando-, se apuró a contestar.

-¿Cómo es que recuerdas eso precisamente?-, la interrogué asombrada.

-“La menstruación hizo que los toques que me dieron ahí fueran más intensos.”

Ilustración: Iurhi Peña

 

La tarde del 5 de diciembre de 1991 detuvieron a mamá. ¡Cómo no voy a recordarlo! Temprano nos había llevado a la primaria y su despedida no fue la habitual. Lo supe cuando dejó caer sobre nosotres la frase introductoria de su corto discurso esa mañana: “Si algo me pasa, no olviden que…”. Al día siguiente despertamos en una casa que no era la nuestra, sino la de mi papá. Mientras sucedía su detención, mi yo-niña se preguntaba enojada y temerosa dónde estaba ella, y mi ambiente familiar se tornaba cada vez más tenso. Simultáneamente, mi mamá era llevada por judiciales con la cabeza cubierta a un lugar despoblado a través de un camino de terracería donde la torturaron, la abofetearon, abusaron sexualmente de ella, la golpearon en el abdomen, le dieron descargas eléctricas y la violentaron psicológicamente, por quién sabe cuánto tiempo, hasta que quedó exhausta.

Hace unos días mi madre se enteró de que el compañero con el que la detuvieron ya no cuenta con antecedentes penales. Cosa muy curiosa, porque los antecedentes no se anulan, aunque tenemos por seguro que él no ha recurrido a actos de corrupción para deshacerse de ellos. Esto ha desencadenado, con justa razón, frustración, enojo e impotencia en mamá. Sobre todo por su imposibilidad de evitar el estigma, por estar irremediablemente sujeta a discriminación y toparse con pared cuando de solicitar trabajo se trata. A sus 53 años de edad, con los efectos de este pasado y su condición de ex presa política, se las ha ingeniado para conseguir un empleo de triple jornada relacionado con los cuidados, aunque, como muchas otras mujeres fronterizas que se encuentran en situaciones similares, no recibe prestaciones ni el sueldo apropiado por este extenuante trabajo.

Últimamente mi madre ha vuelto a agarrar el cigarro. Se sale a fumar al porche acompañada de sus perros en las sofocantes noches juarenses. Se le ve nostálgica ahí, donde espera que den las diez para marcharse a su recámara a pelear con el insomnio. Además, ha comenzado a recordar cosas que dejó muchos años arrinconadas en lugares sombríos de su memoria, en parte como un gesto de resiliencia, en parte porque tiene derecho a olvidarlas. Pese a que está dudosa de sacar a la luz esta experiencia y gente cercana le insta a no hacerlo, no puede evitar externar lo que por muchos años le ha proliferado adentro ni contener lo que en ella se desborda.

Chasqueando los labios, la otra mañana se puso a despotricar contra los que fueron sus compañeros y compañeras revolucionarias y militantes: no sólo del que fue el Procup-PdlP, sino también del Comité Independiente de Chihuahua Pro Defensa de Presos, Perseguidos, Exiliados y Desaparecidos Políticos, y de diversas agrupaciones con las que colaboraba. Al ser detenida y llevada presa, ninguna de esas personas se hizo presente nunca en el CERESO, lo que para ella es una falta de solidaridad, respaldo y camaradería, contrario a esos valores que se cultivaban al interior de esas organizaciones. En aquel momento, quedar presa para ella no implicaba salir automáticamente del movimiento pero, al parecer, para esas organizaciones sí, porque nadie volvió a contactarla, situación que la decepcionó y la molestó. Ahí tuvo fin su participación en todo aquello. Por allá, a finales de los ochentas, sus compañeros le dijeron alguna vez: “Donde veas una estrella roja, ahí estaremos”. Quizá debió dibujar una estrella roja en su celda para que supieran que ella ahí estaba también, para que no se olvidaran de ella. Mira qué cabrones.

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One comment

  1. Cuántas historias más,guardadas en la memoria de cientos de mujeres que la historia condena al olvido, para sepultar los sueños de un mundo nuevo, en donde se consideren los de ellas.

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