Reflexiones sobre denuncia, patriarcado y feminismos. Por Nadia Rosso

Tantos años de reflexiones feministas no parecen servirnos de mucho para dejar de replicar el heteropatriarcado en nuestras praxis. Pocos años de cultura de la denuncia parecen no servir de nada para evitar la denuncia selectiva, para poder aprehender del todo que lo personal es político, siempre.

Parece ser que en lo único que estamos de acuerdo es en denunciar al macho feminicida desconocido, al violador lejano, al acosador ajeno. Parece que en lo único que estamos de acuerdo es en denunciar al macho –hombre-cis-heterosexual-blanco-burgués. Parece ser que seguimos siendo incapaces de entender la imbricación de opresiones que, si bien son encarnadas por sujetos reales y simbólicos que reúnen las características mencionadas –que no sólo les dan privilegios a costa de oprimir a otres, sino que los vuelven el centro, el punto de partida desde donde se ve, entiende y construye el mundo, que se erigen como sujetos-centro partiendo de las opresiones hacia tode sujetx otre-, no son unívocas sino complejas. Por ello, si no logramos comprender que no sólo un hombre-cis-heterosexual-blanco-burgués-occidental adulto encarna opresiones o es capaz de ejercer violencias, entonces no tendremos claro cómo nos conducimos y hacia dónde nos movemos como feministas.

Hay feministas que claman que entre nosotras podemos despedazarnos, pero jamás nos haremos daño, o dicho de una forma menos pop, que podemos violentarnos pero nunca denunciarnos. Parecen no poder entender algunos puntos básicos en este contexto:

  1. Que las múltiples subjetividades encarnan y reproducen múltiples violencias y opresiones, además de que viven otras. Esto significa que un hombre indígena vive la opresión racial, colonial y muy probablemente de clase –porque la pobreza tiene raza- pero dentro de su comunidad y núcleo familiar no sólo no vive la opresión de género, sino que tiene la posición de poder, privilegio y por tanto, encarna opresión y violencia hacia las mujeres con quienes vive, convive y a quienes este sistema le enseñó que puede violentar de diferentes maneras. Esto significa, entonces, que elegir denunciar sólo la violencia que los hombres no racializados ejercen encubre el hecho de que los hombres racializados también son educados como hombres en un sistema patriarcal y ejercen violencias sobre las mujeres. No denunciar esta violencia responde no sólo a una jerarquización de opresiones –muy parecida a aquélla denunciada por las feministas en espacios socialistas y de izquierda, que insisten en que la opresión de clase es prioritaria y la de género secundaria, que la segunda terminará cuando termine la primera, como si no fueran parte del mismo engranaje- sino también a una despolitización de la violencia patriarcal y una desvaloración de la vida, libertad y dignidad de las mujeres en pos de priorizar las violencias raciales.En este caso, me parece evidente que la denuncia no buscaría jamás el apoyo, la validación ni mucho menos la represalia de opresores coloniales o raciales, eso sería bastante contraproducente. Parte interesante del proceso de descolonización sería, creo yo, dejar de buscar una institución o sujeto “mayor”, o una autoridad legitimada en este sistema racista y colonialista que avale dicha denuncia. Cuando las denuncias se dirigen a nuestras pares, me parece, se vuelven mucho más transgresoras, porque no nos interesa denunciar ante un estado opresor, ante un macho violentador o un sistema de justicia colonial, sino ante nuestras pares que son quienes nos interesan. Estas denuncias funcionan, sobre todo, como fomas de romper el silencio, como muestras de no-indefensión, contra la impunidad y como autodefensa, autocuidado y cuidado también a las otras.

    En este sentido, el hecho de que muchas feministas sigan insistiendo en que “los trapos sucios se lavan en casa”, conlleva dos supuestos que hay que desmontar: a) Que hay una “casa”, es decir, una “comunidad” feminista -cuyas características nunca han sido definidas ni consensuadas- y por lo tanto existe un adentro y un afuera de esa comunidad. Implicaría que ese adentro está aislado, ajeno al sistema heteropatriarcal en el que vivimos. Esta visión implica, entonces, que las violencias que vivimos dentro de esa ilusoria comunidad feminista, no son las mismas que vivimos en el mundo patriarcal que está “allá afuera”. Además de lo absurdo de dicha perspectiva, que asumiría que las feministas no fuimos criadas en el mismo sistema y seguimos viviendo en él -por más que lo cuestionemos y escapemos a muchos de sus mandatos y lógicas-, implica una atroz falta de autocrítica.

    No entiendo por qué cuando decimos que hay que cuidarnos entre nosotras se entiende que hay que proteger agresorxs bajo no sé qué explicación y no sé qué olvido de que construir espacios seguros es una necesidad vital que no se construye de la noche a la mañana, y mucho menos basándose en meros actos enunciativos. Proteger -encubrir, solapar, más bien diría yo- agresorxs porque se enuncian feministas, porque son amistades, poque alguna vez fueron cercanxs o porque escribieron tal genial artículo sobre violencia, opera bajo la misma lógica patriarcal que ha obstaculizado la denuncia a agresores: el supuesto de que debemos proteger al macho violador cuando es de la comunidad-familia, de la comunidad-territorio. Esa lógica patriarcal es la misma que nos llama a proteger al macho acosador de la comunidad-activismo o de la comunidad-feminismo, ilusoria como las otras, contingente como las otras y sujeta a autocrítica, como supuestamente a diferencia de las otras.

    Así pues, parece que por más que en los espacios feministas se cante a todo pulmón la necesidad de no proteger ningún tipo de agresorxs, somos incapaces de desmarcarnos de esa lógica. Proteger a la machoagresora, a lx machxagresorx porque es feminista (¿existe un estado alcanzado, estático, sin crítica del ser feminista, casi como un estado de gracia o una cima a la que se llega una simplemente a sentarse y mirar hacia abajo?) es idéntico a proteger al machoagresor porque es de la comunidad, porque es mi hermano, mi esposo, mi amigo, porque lo quiero, porque es buen padre. Proteger a lx machxagresorx porque da talleres contra la violencia –irónico- o porque escribe artículos sobre el aborto y dice frases feministas bien radicales, es idéntico a proteger al macho agresor porque escribe unos poemas preciosos, porque hace posporno, dice discursos anticapitalistas bien buenos o tiene un huerto urbano.

    ¿Cuándo elegimos qué elementos eximen a un macho agresor de ser denunciado? ¿Cuándo elegimos qué elementos eximen a unx machxagresorx “feminista” de ser denunciadx? ¿Las denuncias al acoso patriarcal están restringidas a ciertas corporalidades o identidades sexo genéricas? Creo que me perdí la asamblea en la comunidad-feminismo donde se decidió. Y aquí, cuando hablo de las corporalidades y subjetividades, paso al siguiente punto. b) Esta selectividad de las denuncias no sólo conlleva el dicho supuesto de que denunciaré o apoyaré sin reparos denuncias sólo a machos lejanos, que no quiero, que no aprecio, que no admiro y que no me importan porque no conozco, sino también el supuesto de que denunciaré y apoyaré sin reparos denuncias sólo a quien percibo como el prototipo de opresor en este sistema: como ya dije, un hombre-cis-heterosexual-blanco-burgués-adulto (y eso si el análisis nos da para analizar todas las opresiones imbricadas en este sistema que no sólo son las de género). Esto implica que no somos capaces de entender que no sólo este sujeto puede encarnar y reproducir opresiones y violencias patriarcales.

    Que un hombre racializado, una mujer de clase alta, un hombre gay o una persona trans también pueden –y lo hacen- encarnar y reproducir todas estas violencias. Por supuesto, cada caso es particular y el micropoder opera de múltiples y complejas formas de acuerdo con el contexto de cada quien y de quiénes estén involucrades en las situaciones de violencia. Cada caso tiene implicaciones diferentes, pero lo cierto es que si creemos que un compa feminista, sólo por enunciarse como tal y por ello pertenecer a una “comunidad” feminista, material o sólo simbólica (cuya membresía adquiere, al parecer, por un acto enunciativo, un sufijo, un discurso) debe ser o protegido de la denuncia o tener trato preferencial en caso de ser denunciado, estamos muy perdidas. Es que al macho acosador lejano hay que escrachearlo sin piedad, publicar su rostro, denunciar sin límites, pero al acosador cercano hay que buscarlo para dialogar, explicarle la situación, pedirle por favor que no lo vuelva a hacer o, si ya nos vemos muy malvadas, pedirle que se aleje de nuestros círculos con la cabeza gacha, pero sin hacer ningún escándalo, porque si lo hago estoy haciendo chisme.

    No hay ninguna diferencia entre esto y el proteger y dar trato preferencial al padre, al hijo, al esposo, al novio o al tío en esta sociedad patriarcal. Y si esa compa feminista es una mujer trans que se enuncia feminista y que, ostentando en su actuar los privilegios de haber sido educada y leída como varón durante años, ejerce violencia patriarcal sobre otra ¿también tendrá trato preferencial? ¿Cuál es la diferencia? ¿Qué estxs sujetxs viven también opresiones en este sistema? ¿Quién, además del sujeto prototipo opresor (hombre blanco heterosexual, bla, bla) no vive opresiones en este sistema basado en la explotación? Pero ¿qué opresiones vividas nos dan pase libre para violentar a otres? ¿Porque vivo transfobia puedo ejercer acoso hacia otras? ¿Porque vivo la opresión de género puedo violentar a otras? Por eso, siempre lo he dicho, es esencial entender la imbricación de opresiones y cómo todas éstas operan de manera conjunta y compleja, nunca están aisladas. Esto nos lleva al último punto de esta reflexión.

personas

  1. Todas las personas fuimos criadas en este sistema que es heteropatriarcal, racista, misógino, adultocéntrico, colonial y etcéteras. El dejar de reproducir este sistema es un trabajo que nos llevará toda la vida y que cada quien deconstruye de acuerdo con sus propias posibilidades y procesos. No el mero acto enunciativo, ni siquiera sólo la voluntad de dejar de reproducirlo es suficiente. Hace falta un trabajo que nos atraviesa la piel, la forma de ver el mundo, la forma en la que actuamos y que necesita la sospecha y el ojo crítico ante todo. No podemos, jamás, dejar de sospechar, porque entonces caeríamos en la comodidad de creer que, ya sea porque vivimos ciertas opresiones, o porque hemos empezado a cuestionar este sistema o porque transgredimos ciertos mandatos, estamos libres de reproducir estas violencias.
    Me parece que no podemos ser reduccionistas si lo que buscamos es un análisis profundo, radical y crítico de las opresiones que vivimos y reproducimos, como el feminismo nos ha invitado a hacer. Sabemos bien que hay gente que echa mano de manera manipuladora y victimista de estas opresiones para darse licencia de violentar a otras subjetividades.Que si soy gay no puedo ser misógino, declara el macho después de escupir sexismo, que como soy gay tengo derecho a invalidar las vivencias de las mujeres y decirles qué es lo que viven realmente, a tutelarlas y evaluarlas como cualquier macho pero yo no soy macho, porque soy gay y ¡ay, me oprime la homofobia! Que si me enuncio feminista y he dado talleres mis violencias patriarcales deben ser analizadas con lentes especiales, menos minuciosas que esas “gafas violetas”, que puedo quitarme discretamente cuando me conviene; que si soy trans mis actitudes violentas son justificadas porque vivo opresiones que ustedes, privilegiadx cis, nunca entenderán. Me parece no sólo una visión superficial, complaciente y sesgada, sino sobre todo tramposa y peligrosa. ¿Qué es lo que construye y cimienta los “espacios seguros” si vamos a justificar, proteger y solapar violencias patriarcales dentro de nuestros espacios, si vamos a repartir licencias para violentar? ¿Es que los llamamos “espacios seguros” sólo porque albergan personas que se enuncian feministas, independientemente de lo que sus praxis demuestren y sin ejercicio de autocrítica?

Por supuesto que sin análisis complejo más allá de binarios simplistas como feminista-machista, biohombre-biomujer, trans-cis, no hay mucho hacia dónde avanzar. Lo que hay en realidad es una complejidad de construcciones y corporalidades subjetivas que son generadas desde un esquema jerárquico llamado heteropatriarcado que es en nuestro contexto también capitalista, racista, colonial, etc. y que si no somos capaces de analizar en términos complejos e imbricados, nos quedamos adormecidas en un supuesto “espacio seguro” que se vuelve entonces igual que el “espacio seguro” que promete la familia –primer espacio de violencia hacia las mujeres, incluida la sexual y la feminicida, por cierto- y que por idealizada y sin autocrítica, se vuelve de los espacios menos seguros.

Nos quedamos adormecidas, pensando que quien ha sido violentade no puede violentar (justificación, que, por cierto, es igual a las biologicistas-psicologicistas que tipifican violadores y feminicidas como psicópatas, simples víctimas de violencias que no pudieron más que replicarlas nuevamente), que quien es oprimide en algún sentido no puede oprimir en otres, y ahí donde no hay análisis ni autocrítica, no hay transformación. Todos estos discursos son además condescendientes, son subjetividades que se consideran menos: débiles, indefensas, desempoderadas, incapaces de violentar. Pensar que una persona trans no puede violentar es transfóbico, que una persona racializada no puede violentar es racista, que una persona con discapacidad no puede violentar es ableísta. Siempre hay personas que en la matriz de opresiones estén por debajo de otras, y por encima de otras también. Aunque sea complicado, es imperativo entender esta complejidad.

Por último, parece que confundimos un poco que de lo que nos queremos proteger entre nosotras, es de la violencia patriarcal, no de la denuncia por violencia patriarcal ejercida hacia otras. Pequeños detalles. Al final de cuentas, sé que el camino de la construcción es largo y es una lucha no sólo contra el patriarcado “allá afuera”, encarnado por un feminicida sin rostro ni complejidades, sino contra el patriarcado aquí dentro, encarnado por quienes amamos, encarnado por nosotras mismas. Para mí, siempre estuvo claro que eso significa que lo personal es político, consigna básica y favorita de las feministas, que esto significaba el feminismo, que nos atraviese el cuerpo y las entrañas, no sin dolor.

Aunque duele verlo y arrancarlo, así como asumir nuestras propias imposibilidades o el límite de nuestras voluntades, no pienso detenerme jamás, mucho menos hacerlo selectivamente, pienso hacerme responsable, como lo he hecho hasta ahora, de cuando el patriarcado se cuela en mi actuar político, destruirlo una vez más y seguir transformándome. Porque no soy feminista enunciativamente, asumiendo que llegué a un estado, sino que estoy feminista, hoy, por voluntad y un trabajo que mañana no cesará para poder seguir estando feminista, porque me construyo feminista cada día con un ladrillo nuevo y varios menos, porque no estoy acabada ni lo estaré hasta que me muera. Y el día que deje de equivocarme y cuestionarme, será también cuando muera.

 *Publicado originalmente en La Crítica el 10 de Julio de 2015.
Imagen: Autora desconocida

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