Círculo de lectura “Por nosotras mismas”. Autodefensa que nos une.

El círculo de lectura “Por nosotras mismas” nació en 2013 en la ciudad de Oaxaca, México. Está integrado por trece mujeres que trabajamos en temas de salud, educación, derechos de las mujeres y participación comunitaria en diferentes organizaciones e instituciones. Nuestros objetivos son reconocer y visibilizar a las mujeres escritoras, reflexionar en torno a la naturalización de los estereotipos y mandatos de género presentes en la literatura androcéntrica, y compartir un espacio a través de la lectura.

Nuestra apuesta está en deconstruir los mandatos de género en nuestras vidas, reconocerlos leyendo a estas  mujeres; liberarnos de los estereotipos presentes en gran parte de la literatura masculina; compartir lo que somos y lo que queremos ser a través de la palabra escrita de otras mujeres; dar nombre a nuestra vivencia colectiva en el diálogo con las otras, a los modelos de mujer que reproducimos y a las formas de subordinación internalizadas, para desprendernos de lo que no queremos en nuestras vidas.

Gracias a esta experiencia estamos descubriendo y motivando a otras mujeres a descubrir que convertirnos en lectoras de mujeres de diferentes épocas, géneros y contextos no es sólo algo placentero o un acto de superación personal y colectiva, no es una moda ni una frivolidad, sino un espacio para revalorizar y enriquecernos a través de las palabras, las ideas, las experiencias y las historias de la mitad de la humanidad, transformando y co-creando la cultura de lo femenino.

Desde esa lógica queremos compartir  las reflexiones que surgieron de una lectura que nos llevó a explorar la herida que vamos arrastrando, seguramente al igual que mucha gente: el dolor por este país herido.

A partir de Dolerse, texto de Cristina Rivera Garza, contactamos –conducidas por la autora– con el horror de la guerra, de la muerte, de las desapariciones, del Estado fallido. Creemos, como la autora, que es importante mirar de frente este horror: no para quedarnos ahí, sino para encontrar caminos para salir de él. Porque estamos seguras, también retomando sus palabras, que sentir es importante para vencer el riesgo de convertirnos en piedra.

Entendemos que la palabra es poderosa y curativa, por ello decidimos compartir nuestras propias reflexiones, soltarlas en el ciberespacio deseando que puedan servirle a alguien, para no mirar el horror en solitario, para sentirse acompañado o acompañada por éstas que ya hemos llorado y nos hemos abrazado a la esperanza.

Sabemos que lo que estamos viviendo es una guerra civil iniciada por el Estado disfrazada de “guerra contra el narco”, una disputa por el control y el poder de negocios ilícitos que tiene múltiples manifestaciones, que este terror de Estado es padecido por la ciudadanía, que ha tenido que enfrentarse a una generalización de la violencia que Rita Laura Segato llama ‘pedagogía de la crueldad’, que la hace enfrentarse sistemáticamente a asesinatos, desapariciones y torturas. Tlatlaya, Ayotzinapa, Apatzingán, son sólo algunos ejemplos emblemáticos de esta situación, que inició de manera más focalizada en Ciudad Juárez a finales de la década de los noventa. El Estado ha olvidado su responsabilidad sobre la ciudadanía y la está exterminando en favor de grupos de poder que se pelean los territorios, sus recursos y su ocupación para seguir haciendo negocios.

Esta guerra nos involucra a las mujeres porque la violencia se inscribe de manera particularmente cruel sobre nuestros cuerpos, y nos coloca como un sector vulnerado, limitando nuestras oportunidades y condiciones de vida. Seguimos siendo seres de segunda, desdeñadas frente a la violencia extrema contra nosotras, que es el feminicidio.

El texto nos confronta fuertemente a partir de dos preguntas; la primera es la que Juan Rulfo hace a través de ella: «¿en qué país vivimos, Agripina?»; la segunda, una cita de Fox: «¿Y a mí qué?» Lo que está sucediendo, el malestar social se reproduce a nivel individual e interpersonal. Esto nos lleva a mirarnos como ciudadanas, a observar nuestras carencias y a conectarnos con nuestra propia culpa y vergüenza por la inacción, porque estamos de alguna forma pasmadas como la mayoría de la población, no nos asumimos totalmente como agentes de cambio, y nos preguntamos también: ¿Cómo nos convertimos en lo que hoy somos? ¿Cómo nos movemos? ¿Qué estamos haciendo? ¿Cómo nos estamos organizando?

El horror nos hace vivir en un miedo constante y nos paraliza, nos anestesia; lo que sucede duele tanto que utilizamos herramientas para no sentir, para evadirnos, porque no sabemos cómo enfrentarlo. Hemos cerrado los ojos, miramos nuestros intereses individuales y seguimos haciendo lo mismo de siempre.

Ahora reafirmamos la necesidad de hacer algo para enfrentar el miedo y poder continuar con nuestras vidas. Reconocemos que ya no podemos más.

El sistema capitalista, con sus valores económicos sobre los valores humanos, ha privatizado todo y ha anulado el contrato social permitiendo que la violencia se naturalice, que se convierta en la forma aparentemente “normal” de relacionarnos, y eso nos lleva a “desdolernos”. Existen múltiples formas de violencia, cuya manifestación extrema es el feminicidio, que se desacredita y relega como todo lo que sucede con las mujeres. Esta necesidad de pensar y vivir sólo en la producción no deja tiempo para nuestra salud, para los procesos vitales, para estar juntas, para dolernos o alegrarnos. Nos desgarramos, y a veces nos invade la desesperanza, pero no dejamos de caminar: esto genera el riesgo de ser autómatas.

Vivimos en una lógica de «si no lo hago yo, nadie lo va a hacer por mí», y frente a la violencia la otra cara de la moneda es «mientras no me pase a mí, no pasa nada». Y vemos cómo las relaciones humanas, las interpersonales y las colectivas se erosionan y se destruyen.

Vemos con mucho dolor la polarización social; gente alegrándose de la entrada de los militares a Oaxaca, como sucedió los días previos a las elecciones federales (como sucede ahora, julio de 2015, con helicópteros y uniformados sitiando la ciudad), cuando el magisterio se pronunció por un boicot electoral y tomó gasolineras. La gente promedio enloquece si le quitan el confort. Aplaudieron la llegada de los militares a Oaxaca para arrebatar vidas si era necesario: todo por la comodidad de tener auto y gasolina. Tristemente vemos que es así como se está educando a una generación, desprendiendo a la infancia de la sensibilidad. Pero en el otro extremo, ¿cómo creer en las luchas sociales si también en éstas se reproducen las mismas relaciones de poder? Es urgente desenmascarar las estrategias que se utilizan desde el poder para generar miedo y mantenernos en el pasmo y la inmovilidad (como la división social), traducir a lxs demás lo que está pasando y romper la espiral del silencio en los espacios, que son muchos, en que somos minoría.

Hoy caminamos juntas hacia el centro del laberinto para desenmarañar el horror, para mirar sus caras. Sabemos que no podemos quedarnos al margen y damos el primer paso, que es observar, pues la mirada lleva a la reflexión y eso también es hacer algo. Eso nos ayuda a recomponernos y amplía la perspectiva. Entonces, no hemos estado completamente inactivas: de manera intuitiva hemos hecho cosas para sanarnos, para encontrarnos.

Decidimos creer en el feminismo, en las mujeres organizadas y en la historia de la reivindicación de sus derechos, en las formas de denuncia y en la insistencia de poner rostros a las mujeres víctimas de feminicidio y nombre a las formas de desigualdad y violencia. Para eso trabajar otras narrativas como la denuncia, el diálogo, la empatía, la poesía.

Creemos que construir comunidad es la única manera de sostenernos frente al horror: el espacio del círculo de lectura se descubre entonces como un espacio de resistencia en el que experimentamos una forma de tejer relaciones, donde juntas nos abrazamos y sostenemos, recuperamos nuestra energía para seguir construyendo, para seguir caminando, y entonces nos reencontramos con la esperanza y la fe.

«¿Y a mí, qué?»

– A mí todo.

– A nosotras todo.

Con sororidad,

Circulo de mujeres Por nosotras mismas, Oaxaca, Oax., julio 2015

Nosotras mismasIntegrantes: Wendy Arreola, Áurea Ceja, Noemí Domínguez, Laura Escobar, Adriana Filio, Anel Flores, Viridiana García, Bibiana López, Marycarmen Ortega, Alba Reyes, Leticia Rojas, Guadalupe Santaella, Irais Trujillo y Edna Velasco. Ardemos por demoler los estereotipos de género y construir un “ser mujer” distinto.

 

Facebook: Círculo de lectura “Las mujeres por nosotras mismas”

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Somos una revista vigilante. Compartimos con nuestras lectoras contenido de interés público. Dialogamos sobre formas de construir una sociedad más justa para las mujeres y niñas.

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