Legislar a favor del aborto. Por Selene Caballero

En América Latina los avances en torno a los derechos de las mujeres son resultado de la lucha de un gran número de mujeres rebeldes que han transgredido las normas establecidas por la sociedad buscando que se respeten nuestras garantías, así como un trato igualitario en un contexto machista y violento que cuenta con el aval de las distintas religiones imperantes y los gobiernos en turno.

Hablar sobre aborto no es una tarea sencilla, dadas las implicaciones morales, éticas, sociales, económicas y de salud que conlleva. Relataré brevemente mi experiencia con la intención de hacer saber a otras mujeres que no están solas y que pueden decidir sobre sus cuerpos.

En el estado en el que vivo, al igual que en otros tantos de la República Mexicana, la gente es harto “mocha”: ha construido una sociedad donde la doble moral se vive cotidianamente; a pesar de ello, o tal vez debido a ello, existen clínicas clandestinas donde se practican abortos por 5 mil pesos, o al menos en el 2011 eso era lo que cobraban.

Quedar embarazada sin planearlo a cualquiera le puede pasar, a cualquier edad: nadie está exenta de equivocarse. Yo tenía 36 años, dos hijos maravillosos, un trabajo estable y un buen marido. Todo iba bien.

Cuando nació mi segundo hijo me dieron la opción de ligarme, pero decidí que no quería hacerlo. ¿Por qué tenían que realizarme un procedimiento para no tener más hijos? Pensé que lo justo era que él, mi marido, fuera quien se cuidara: decidí no aceptar el procedimiento. Lamentablemente, después de eso ni me cuidé yo, ni se cuidó él, y después de 14 meses de correr con buena suerte, quedé embarazada. A los 37 años tenía muy claro que no quería un hijo/a más.

Mi pareja y yo lo hablamos y coincidimos en que nuestra situación no era la ideal para traer otra hija/o al mundo, y juntos tomamos la decisión de no hacerlo. Todo fue muy rápido, tenía un mes y medio de embarazo. Hablé con mi ginecólogo para ver si podía ayudarme. Como era de esperarse, me dijo que por ética no podía hacerlo, pero su ética sí le permitió darme el dato de una clínica en la que realizaban el procedimiento. Casualmente, resultó ser la misma en la que había nacido mi primera hija.

Llamé al doctor, que me citó esa misma tarde en su consultorio: una oficina con muebles de madera decorada en dorado y rojo oscuro, pesada como el ambiente. Es curioso cómo un mismo lugar puede parecer tan distinto según las circunstancias en las que una se encuentra. El doctor que estaba frente a mí fue el mismo que me recibió en la clínica el día que nació mi hija cuando yo tenía 18 años. En esa ocasión fue amable y paternal; contrario a aquella primera vez, esta vez prácticamente evitó mirarme: en escasos 10 minutos me hizo el clásico interrogatorio sobre mi historial médico, a grandes rasgos me explicó el procedimiento, me informó del costo y me programó para el día siguiente.

La cita era a las 6:30 am, en ayunas. Era septiembre. Mi pareja y yo íbamos en completo silencio, me dejó en la entrada y se fue porque tenía que ir a trabajar. Antes de bajarme del auto me deseó suerte y me dijo que le llamara en cuanto saliera para hacerle saber cómo estaba. Así que me quedé sola con mis culpas, mis miedos y mis pensamientos.

Me dirigí a la caja, pagué los 5 mil pesos, me indicaron a dónde debía dirigirme. Ahí me pidieron que me pusiera una bata y que entrara al quirófano en cuanto terminara. Me sentía como autómata siguiendo las indicaciones que me daban, llegó un momento en el que me bloqueé y no pensaba en nada. Cuando me acosté en la cama y subí mis piernas a los estribos no pude evitar llorar. El anestesista me dijo “no llore, le voy a aplicar la anestesia y si llora se puede ahogar”. Me dieron una pastilla, me aplicaron la anestesia y me perdí, no supe más de mí.

Desperté acostada en una camilla sobre el pasillo, a mi derecha estaba otra mujer: calculo que tenía la misma edad que yo. A ella también empezaba a pasarle el efecto de la anestesia, lloraba y llamaba a un tal Javier: supuse que era su marido o pareja. Desde donde me encontraba acostada podía ver el quirófano abierto y cómo el médico con dos enfermeras y el anestesiólogo empezaban el procedimiento a otra chica.

En el pasillo que hacía las veces de sala de recuperación estábamos cuatro mujeres, todas en las mismas condiciones: acabábamos de abortar. Terminé de cobrar conciencia y se acercó una enfermera que me preguntó si ya estaba en condiciones de levantarme. Le dije que sí. Quería salir lo más rápido posible de ese lugar. La mujer que estaba a mi lado no paraba de llorar y de llamar a Javier (curiosamente mi pareja se llama igual). Antes de salir me dieron una receta para comprar antibiótico y analgésicos, y eso fue todo.

Estaba shockeada, tomé un taxi y me fui a trabajar. Afortunadamente fue un evento que superé con facilidad, sin embargo, existe un gran número de mujeres adolescentes y adultas que se encuentran en desventaja para tomar una decisión de este tipo.

Soy parte de un privilegiado grupo de mujeres mexicanas que tienen la posibilidad de acceder a un aborto salubre a pesar de no contar con un trato humano y acompañamiento psicológico. ¿Por qué privilegiado? La injusticia social en México se evidencia cuando sólo un pequeño grupo de mujeres tiene recursos económicos y condiciones seguras para abortar, independientemente de las razones que la orillen a hacerlo; el resto, un amplio sector de la población femenina, carente de recursos económicos y educativos, se encuentra en circunstancias desfavorables para acceder a abortos seguros, poniendo en riesgo su salud y su vida.

Por si esto fuera poco, nos enfrentamos a la penalización del aborto en un gran número de países latinoamericanos, incluyendo México, con la excepción del Distrito Federal, donde fue despenalizado en 2007 y es legal hasta las doce semanas de embarazo.

Legislar a favor

En el siglo XX, hubo reformas en los códigos penales de varios países para legalizar el aborto terapéutico para aquellas mujeres cuya salud estaba en riesgo por el embarazo, así como el aborto compasivo o ético para mujeres embarazadas en casos de violación. (1) Sin embargo, la Iglesia católica y un sector importante de la sociedad norteamericana se han encargado de llevar adelante una campaña así denominada “en favor de la vida”, que, de acuerdo con Marta Lamas, ha generado retrocesos en las legislaciones. (2)

La extrema pobreza de un amplio sector de la sociedad latinoamericana, aunada a las creencias culturales, la falta de oportunidades y educación, dan como resultado que un gran número de mujeres arriesguen sus vidas practicándose abortos clandestinos en lugares insalubres, los cuales, en su mayoría, no son aptos para su práctica. Otras recurren al aborto inducido usando medicamentos o bebidas hechas a base de hierbas, que en muchas ocasiones les generan esterilidad, dolor, y, en el peor de los casos, la muerte.

¿Qué hace falta para cambiar esta realidad? Es evidente que los avances tecnológicos y la globalización han ampliado la brecha entre las personas que cuentan con recursos económicos y las más pobres. El individualismo característico de la época contemporánea invisibiliza a las más desprotegidas; sin embargo, considero que el cambio de paradigma en los distintos ámbitos de la sociedad se dará trabajando desde lo local, y que la figura de las mujeres será central para lograrlo.

Aquellas/os que hemos tomado consciencia de la grave situación en torno al aborto tenemos la obligación de problematizar al respecto, de hablar abiertamente de sus causas y consecuencias, y de solidarizarnos no sólo con las mujeres, sino también con los hombres que se ven afectados por esta situación. Dialogar en torno a este tema con nuestras amigas/os, hijas/os, compañeras/os de trabajo y conocidas/os empezará a generar nuevas condiciones sociales y culturales que establecerán las bases para que la exigencia de legislar en favor del aborto sea una solicitud colectiva. Esto obligará a las autoridades a garantizar el derecho de las mujeres a abortar en condiciones salubres, con acompañamiento psicológico, así como a educar a las y los actores sociales en favor de la no maternidad, al mismo tiempo que se promueven prácticas de salud sexual responsable.

Fuentes

1) Htun, M. (2003). Sex and the state: abortion, divorce, and the family under Latin American dictatorships and democracies. Cambridge: University Press.

2) Lamas, M. (2007). Género, desarrollo y feminismo en América Latina. . Pensamiento Iberoamericano, 133-152.

Imagen: Alfredo Sabat en lanacion.com.ar

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