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Sara Torres: “El feminismo es mi tanque de oxígeno”. Por David Ledesma Feregrino

Camina por el mundo con ojos de pregunta; se sabe capaz de descifrar algún misterio, pero no quiere fiarse demasiado de sus habilidades. Sus antecesoras le han demostrado que éstas siempre estarán sesgadas por el entrenamiento colectivo y por su propia subjetividad. Sara Torres es una joven poeta española de apenas un cuarto de siglo. Si creyéramos en la reencarnación, sería el momento de ocupar nuestro marco ideológico y de decir que Sara es un alma vieja que ha aprendido tanto porque ésta no ha sido su única vida. Su escritura, a veces cautelosa, a veces desbordada, camina hacia el horizonte utópico del que hablaba Eduardo Galeano.

Después de su paso por la Fundación Antonio Gala, donde desarrolló un proyecto de novela, y de la publicación de su libro Conjuros y Cantos (Kriller 71 Ediciones, 2016), platicamos con Sara Torres sobre sus perspectivas en relación con la poesía, el feminismo y el papel de la escritora frente a un mundo en conflicto permanente.

La que Arde: ¿Cuál es tu experiencia como escritora en un mundo editorial y literario dominado históricamente por los hombres?

Sara Torres: Supongo que similar a la de ser identificada como mujer en un mundo históricamente dominado por los hombres: además de los daños y los desequilibrios que se pueden señalar con el índice y con el porcentaje, ocurre que hay puertas que no intento abrir porque no me son visibles. Esto es muy peligroso, dado que no podemos aspirar a lo que ni siquiera sabemos que existe. La lógica del privilegio también opera de esta forma, endogámicamente, entre ellos.

LQA: ¿Para quién escribes cuando haces poesía?

ST: Para un cuerpo que imagino afín. Esto quiere decir… capaz de conmoverse, alterarse, sentir misterio y placer con aquellos estímulos que despiertan lo mismo en mí. Escribo también para la niña que buscaba incansable el libro raro. El libro mágico que iba a ayudarle a encontrar las palabras para decir esas sensaciones y afectos que existían de manera caótica y en potencia, sin un universo simbólico o fantasía-escenario en la que poder enraizar, dar frutos y generar modos de habla.

LQA: ¿Qué ha significado para tu proceso creativo el transitar de la poesía a la narrativa (con la novela que desarrollaste en la Fundación Antonio Gala)?

ST: Creo que nunca he dejado de escribir poesía, porque es el uso poético del lenguaje el que más me interesa. Su expansión y su mutabilidad, la unión de lo aparentemente arbitrario que revela nuevas bellezas y conexiones. No obstante, la novela ha sido y es un ejercicio de fondo, muy distinto en su práctica como rutina y, aunque pueda sonar exagerado, siento que ha cambiado mi vida de manera fundamental. Me interesaba investigar una voz narrativa como flujo de conciencia que entendiese la escritura como transferencia, como trasvase. Ese es el perfil de mi narradora-protagonista, alguien que hace un viaje de desbloqueo del cuerpo al mismo tiempo que hace un viaje de escritura: desde el retraimiento y la angustia hasta la dilatación y el placer, con idas y venidas. Empatía y somatización mediante, fui sin duda yo la que realizó ese viaje. Ha sido muchas veces abrumador, muchas veces demasiado. He puesto, como dicen “toda la carne en el asador” y ha tenido consecuencias, claro.

LQA: Con respecto a la imagen del escritor o la escritora que desarrolla su obra en una torre, separado del resto de la gente, ¿crees que la escritora debe tener un papel activo en su comunidad, más allá de sus creaciones?

ST: Hay escritoras que escriben, escriben salvajemente, sin reflexión política (aunque sí contenido político), con la entraña pura, y sus escrituras son un regalo para las que no podemos evitar teorizarlo todo un poco. Yo, en el momento en el que te estoy contestando, no soy una persona que vea sentido a las torres ni a las cabañas de montaña ‒mira que mi familia tiene una, y nunca voy allá a escribir‒, a no ser que me “aísle” con una pequeña comunidad de amigas o, por supuesto, que vaya para vivir amor y escritura en un periodo de intensidad.

Quizás llegue un tiempo en el que necesite irme, por ahora necesito escribir viviendo acompañada por la diversidad, mirando, preguntándole no sólo a mi dolor o a mi deseo, sino al deseo y al dolor de todos los bichitos, humanos o no. Supongo que el hecho de escribir no tiene porqué ir ligado a la disposición para ser un organismo activo en una comunidad, pero es que a mí personalmente me interesa comprender la conciencia, el miedo, la necesidad… luchar por el derecho común al placer y al bienestar.

LQA: ¿Cómo decidiste que necesitabas el feminismo en tu tránsito por el mundo?

ST: Llegué a un mundo organizado de tal modo que rápidamente decidieron que yo era, e iba vivir toda mi vida, como mujer. No tomar el feminismo como herramienta para fortalecerme y comprender críticamente ese mundo habría sido como nacer en un contexto que te asigna ser submarinista y rechazar el tanque de oxígeno. Hay muchas mujeres hoy en día que siguen buceando a pulmón. Pero a pulmón los trayectos son cortos y los lidera la angustia por la falta de aire.

LQA: Aunque desarrolles tu vida entre España y Londres, ¿crees que hay lazos comunicándote con Latinoamérica? ¿Cómo los describirías?

ST: Algunas de las personas más importantes en mi vida son de Argentina, Colombia, México… Me enamoré de la literatura leyendo autorxs latinoamericanos, y así sigo. Hay un lazo muy mágico que me une a tierras que no conozco. Siempre pospongo ese viaje porque lo he fantaseado tanto desde niña que sé que sólo un proyecto me ha de mover hasta allí: ir para hacer y entonces ya ser parte.

LQA: ¿Cuál es el papel de la poesía en un mundo en guerra constante? ¿Cuál es el de las narradoras y las poetas frente a un problema tan grave y extendido como el feminicidio?

ST: Ojalá te pudiese contestar con un gran silencio a esta pregunta. Un silencio triste, emocionado.

* * *

Reproducimos a continuación uno de los poemas de Sara Torres, incluido en su más reciente obra Conjuros y Cantos (Kriller71 Ediciones, 2016).

 

La Enterradora

Language sustains the body not by bringing it
into being or feeding it in a literal way; rather, it is by
being interpellated within the terms of language that a
certain social existence of the body becomes possible.
Judith Butler

I

La enterradora toca piedra con el canto de su pala

Toca hueso con el canto

En brazos la enterradora me carga durante quilómetros

Atraviesa desierto púrpura con mi cuerpo

Luego clava las rodillas en el suelo

y me coloca frente al borde de la fosa

Duerme aquí frente al borde para siempre

Mi bella mi lúcida hiladora de mentiras

Yo la enterrada viva

abro unos ojos secos por el polvo

Veo sombra

Veo la enterradora

Su duda

Su llanto austero mojando

el espacio de mi nicho

II

Yo soy la no‒nombrada la enterrada viva

canto con pasión a quien trata de acallarme

Yo reclamo la memoria de mi nombre

La enterradora dice: apodé con tu nombre la enfermedad

Si me respetas vuelve al lugar donde un día te dejé

No me visites Fingiendo tu inexistencia me mantengo

a salvo

No te apelo Tu cuerpo se borra en mi silencio

Te agitas en la histeria del fantasma No te señalo

Nadie te ve

*

Imagen de portada: Alan Vest

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