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Somos manada, ¿qué más podemos hacer ahora? Por Oriana López Uribe

La primavera violeta continúa, a pesar de que las jacarandas ya sólo tienen algunos toques de flores. Y sigue después de que terminó abril, porque la promesa fue que a partir de la marcha íbamos a poder estar juntas para siempre, para defendernos de las violencias machistas, para responder TODAS si tocan a una. Porque tenemos que transformar el miedo en rabia, en sororidad y en autodefensa.

La primavera violeta va más allá de una marcha, se trata de que todas desde nuestras múltiples trincheras podamos aportar a que las violencias machistas se vayan y no vuelvan más.

Quiero compartir algunos puntos y, sobre todo, muchas preguntas que considero que no podemos dejar de lado para encontrar soluciones o estrategias que no sean tan simplistas. No doy respuestas, ésas las tenemos que construir colectivamente.

¿Sancionar es solucionar?

¿De verdad creemos que mandar a la cárcel a cientos de violadores es una estrategia eficaz y/o realista? Esos machos violadores siguen violando en las cárceles a los hombres que cumplen menos con los estereotipos de género de macho y a las compañeras trans que, criminalmente, están en esas mismas cárceles.

Nos merecemos dedicar tiempo a profundizar y ser creativas sobre cuáles serían las sanciones que corresponden. Las sanciones deben tomar en cuenta qué necesita como reparación del daño la víctima y qué necesita, o si es posible, reformar al perpetrador.

Si no es posible que esa persona deje de acosar o violar, ¿será que podamos encontrar una solución científica que logre que su excitación sexual se inhiba en situaciones donde no existe el consentimiento?

Resolver el asunto de las violencias machistas no va a ser cosa de un par de reuniones de dos horas. Ya tenemos leyes muy integrales, que implican diversos mecanismos, diferentes acciones de atención y de prevención ¿se están implementando? ¿se está capacitando al personal para implementarlas desde un marco de derechos humanos?

Sancionar no puede ser la solución, porque implica que alguien ya sufrió violencia. Debemos de encontrar formas de evitar la violencia, no sólo de castigarla después del hecho.

Pero sobre todo, para sancionar hay que denunciar, y entonces estamos exigiendo de sobra a las víctimas.

Estamos esperando que después de un ataque, que puede tener diferentes grados de impacto en cada persona, se tenga la cabeza fría para ir a levantar la denuncia, suponiendo que ya se hubiera arreglado todo nuestro sistema de justicia y levantar denuncias no fuera en sí una tortura sin sentido. De todas formas estamos exigiendo que la víctima tenga un rol activo para que el agresor sea sancionado, pero, ¿en algún momento estamos retribuyendo algo a la víctima?

No sabemos la relación con el perpetrador, no sabemos las amenazas que recibió o recibe. Pero todas nuestras “soluciones” giran alrededor de que esa denuncia exista.

Consentimiento vs cultura de violación

El acoso callejero es la cultura de la violación en su máxima y más rutinaria expresión. No se puede trabajar únicamente en acoso callejero sin pensar en todo lo que implica ese acoso. El acoso es la amenaza constante de ser violada. Y la premisa de dos partes para separar el acoso del piropo es sencilla: ¿Conoces a la persona a la que estás dirigiendo tu “piropo”? y ¿esa persona está de acuerdo con que le hables de esa forma? Si la respuesta a alguna de las preguntas anteriores es NO, entonces no es un piropo. Por una simple razón: No hay consentimiento.

Pero ¿qué tanto sabemos sobre consentimiento? ¿Qué tanto podemos reconocer las violaciones que hemos vivido si no sabemos dar consentimiento durante las relaciones sexuales? ¿Cuántas personas nos han preguntado conforme van avanzando del beso al faje o del faje a desvestirnos, o de desvestirnos a la penetración, o de la penetración de un tipo a la de otro tipo, si estamos de acuerdo o si nos sentimos cómodas? ¿Cuántas veces hemos preguntado nosotras?

No creo que tengamos las herramientas para construir una cultura de consentimiento, y en eso es en lo que tenemos que invertir.

Por ejemplo, ¿estamos enseñando a las criaturas desde pequeñas a que ellas y sólo ellas son dueñas de su cuerpo? No. Y es que es complicado. Yo tengo dos sobrines peques, apenas van a cumplir dos años. No les gustan los besos. Pero yo, que soy adulta, expreso mi cariño a través de los besos y me parte el corazón que no me quieran dar beso y que no quieran recibir mi beso. Pero ellxs tienen derecho a decirme que no, y tengo que respetar sus límites. Aunque se me parta el corazón, mis despedidas son desde la puerta y sólo con la mano.

Existen mil ejemplos sobre la cultura de la violación, y creo que nunca habrá una lista que pueda ser exhaustiva, pero al menos podemos dejar que la comunicación verbal sea clara y directa, no confundir a adolescentes y jóvenes con ideas cargadas de estereotipos de género diciendo cosas como: Las mujeres siempre dicen que no, pero en realidad quieren decir que sí. No, igual que el resto de los seres humanos, cuando estamos diciendo que NO, quiere decir que NO.

Tenemos que cuestionar, deconstruir y dejar de imponer estereotipos de género

Los estereotipos de género sirven para justificar actos violentos en contra de las mujeres. No se debía haber vestido así, no debía salir de noche, no debía haber tomado, no debía tener amigos varones, no debía bailar con ritmo, no debía sonreír tanto. Al parecer debemos ser miserables, usar escafandra y no salir nunca de nuestra casa. Y aún así seremos violadas y aún así encontrarán algo en lo que fallamos como “mujeres” y por lo que nos merecíamos ser violadas e incluso asesinadas.

Porque los estereotipos de género les exigen a los hombres demostrar que ellos son más fuertes, más potentes y siempre más jariosos que nosotras y que los demás hombres. Violar es una de las múltiples formas en que los hombres pueden demostrarse a sí mismos que son más hombres de lo que los demás piensan. Que son hijos sanos del patriarcado. Por eso no está mal violar.

Los estereotipos de género les han hecho creer a los hombres que ellos son la ley, que el mundo gira a su alrededor y que las mujeres estamos aquí para servirles de algo a ellos. Que nuestra vida gira a su alrededor. Por eso creen que está padre decirnos que nos vemos bien en falda cuando vamos en la calle: en su cerebro, cuando decido qué ponerme lo estoy haciendo pensando en complacerlo a él, un perfecto extraño. Y claro, mi vida entonces vale menos que la de él. Y por eso puede matarme cuando se da cuenta o sospecha que mi vida no gira alrededor de él.

Las mujeres no estamos en función de los demás, no le debemos a nadie comportarnos, podemos ser buenas, malas, regulares, y cambiar de forma de ser cuantas veces queramos durante el mismo día y durante toda la vida. Eso no nos hace ni más ni menos mujeres, ni más ni menos valiosas. Nada nos quita o nos resta el valor que tiene nuestra vida.

Y a los hombres, el hecho de no ser violadores o acosadores o sexistas no es algo que los haga de entrada “buenos”, como tampoco los hace deseables o atractivos. Sólo los hace humanos.

Cuando hablamos sobre violencia de género o violencias machistas la verdad es que espero que los hombres se quejen. Me da gusto. Quiero que les cale, quiero que les moleste, que los haga salir de su zona de confort, sólo así puedo sentir que algo puede cambiar. Puede ser que alguno se pregunte más a fondo a qué se deberá y que podamos mover su mentalidad.

No se trata de hacer una simple catalogación sobre si las mujeres son las “buenas” y los hombres son los “malos”. Pero en este contexto donde cada día matan a 6 mujeres, no existe ningún hombre por el que pondría en juicio la palabra de una mujer, porque sé que ése es el primer obstáculo para lograr el acceso a la justicia. Las mujeres nos merecemos confianza, confianza en nuestra palabra y en nuestras decisiones.

Pero romper con los estereotipos de género también incluye reconocer a quienes no se identifican con ninguna de las dos categorías. Y aunque pareciera fácil no tener un molde pre-establecido en el que tengan que acomodar sus sensaciones y expresiones, entendemos que no encajar en ninguna de esas dos categorías implica un gran reto que no muchas personas se animan a enfrentar. Gracias por retar de frente al patriarcado.

No tenemos que inventar el hilo negro

Necesitamos invertir en educación, en educación basada en los derechos humanos, en una educación que cuestione los roles de género, que hable sobre el consentimiento y sobre cómo construir relaciones basadas en la equidad. O sea, implementar programas de educación integral en sexualidad en todos los niveles, dentro y fuera de las escuelas. A eso se refiere la palabra integral, a que cuenta con los componentes necesarios para desmantelar el sexismo y la violencia basada en el género.

No va a tomar poco tiempo

Pero mientras tanto, mantengamos la promesa de estar juntas para siempre, para defendernos de las violencias machistas, para responder TODAS si tocan a una. Y la de tener la valentía de ser malas y mal portadas.

#24A
#PrimaveraVioleta
#VivasNosQueremos
#SiTocasAUnaTeReventamosTodas

Oriana López Uribe es feminista y activista, que arde por un mundo donde todas las personas puedan vivir su sexualidad de forma libre y autónoma, y está convencida de que la sexualidad es lo que mueve e ilumina este mundo. Es Subdirectora de Balance y coordinadora del Fondo de Aborto para la Justicia Social MARIA. Es integrante de la alianza feminista global Resurj y la red regional Vecinas Feministas por la Justicia Sexual y Reproductiva. @orinalu

Colaboradora de Balance, organización feminista progresista que actúa a nivel local, regional y global para construir alternativas de vida en torno a las sexualidades libres y placenteras, transformando las políticas públicas en salud y sexualidad para que se aborde efectivamente la injusticia, confiando en el poder que tienen las mujeres y jóvenes para mejorar sus condiciones de vida.

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