La electricidad es mi bandera. Por Carola Saenz

Nací en una ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires, en Argentina y a los 9 años me convertí en una niña con una claridad en sus creencias y una determinación que hoy mismo añoro reencontrar.

Aborrecía la manera en que mi papá trataba a mi mamá, profesora de filosofía que a mis ojos aparecía como una simple ama de casa oprimida. Lo que más me molestaba era tener que correr a pedirle perdón después de alguna pelea que él iniciaba por razones que siempre me resultaron irrelevantes. Pero claro, yo me metía en el medio y mi padre terminaba dando un portazo para irse a la calle y ahí yo debía darle la razón como si se tratara de un niño caprichoso. A esa edad ya sabía que no iba a tener hijos, pues yo misma me consideraba la razón de que mi madre estuviera esclavizada a mi padre, pero también intuía que el problema obedecía a una cuestión general de lo que son los roles que se espera que cumplan un correcto hombre y una correcta mujer –lo que, ahora entiendo, se llaman dicotomía sexual y heteronormatividad.

No me resultó raro autoafirmarme como “rara”: a los 15 descubrí que me gustaban las mujeres. Pero siempre asumí una actitud clandestina, atemorizada ante la perspectiva del rechazo y la desazón de mi entorno. Y por esa época, una relación lésbica en un colegio de mujeres de mi ciudad natal, que terminó en intervención policial y en la acusación de perversión de menores hacia la novia externa a la institución y mayor de edad, me persuadió de mantener mi bajo perfil hasta emigrar a La Plata. Allí empecé a estudiar medicina en pleno menemato, pero la presencia constante de médicos cómplices de la última dictadura me persuadió, esta vez, de abandonar la carrera y estudiar otra cosa. Y en ese momento, entre huelgas, represión violenta al movimiento estudiantil universitario y aguante a los llamados “presos del paro” en 1998, conocí a la que se convertiría en “mi” futura esposa.

Empecé a trabajar junto a Laura en la empresa de correo privado en la que repartía facturas de telefonía celular desde 10 años atrás. Todo el día repartiendo en moto o en bicicleta, las únicas mujeres-correo en un trabajo que se supone masculino (¿?) En ese marco de vivencias, empezamos a tomar cursos de formación profesional estatales. Y yo me recibí de electricista instaladora.

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Tres cursos de instalación en una sucesión de años me permitieron trabajar y estudiar filosofía. Las anécdotas que se sucedieron son únicas y perdurables. Desde la práctica en mi primer curso, el machismo implícito condujo a mis compañeros a adoptar posiciones ambiguas con respecto a esa joven mujer en ese escenario tan de machos. Parece que la electricidad tiene que ver con fuerza bruta y no con inteligencia, prolijidad y paciencia. Recuerdo una de las últimas clases en ese mi primer curso, cuando el machismo se combinó con xenofobia. Hacíamos grupo de aprendices entre un hombre de nacionalidad boliviana y yo, y de pronto se acercó uno de esos jóvenes que intentaba ligarme continuamente para mirarnos de manera despectiva y decirle a mi compañero en un modo más despectivo aún: -“mirá si serás inútil, bolita, que hasta una mujer es más inteligente que vos”.

Lo increíble es que esos mismos hombres que me ignoraban en la última clase de graduación -y, luego, en la entrega de los diplomas-, antes, durante la cursada, me admitieron como una de sus iguales. Ellos me reconocieron, a lo largo de las clases, como una mujer con grandes capacidades para convertirse en una buena electricista. Porque se trata de un oficio que no es cosa de hombres, como cualquier ocupación en nuestra vida: ¿quién determina el género de las cosas, sino la convención social?

Pero claro, en el marco de las clases en común, el género se transmitía con fuerza como un estereotipo que determinaba las relaciones sociales al interior del grupo: cuando terminó el idilio, y yo dejé de ser una aprendiz más de electricista como cualquiera de ellos, me convertí en la mujer que nada tenía que hacer en una capacitación anual de formación profesional. La cuestión radica en que, a lo largo del año, estos hombres se conocían entre sí y conformaban grupos de trabajo, de tal manera que los más experimentados introducían en el mercado laboral a los novatos. Pero, obviamente, a mí me excluyeron y yo debí transitar solita mi carrera de electricista instaladora. Yo solita arreglándomelas con casas con cables de tela y circuitos antiguos que nunca vi en ninguna práctica. Así que fui aprendiendo a lo largo de los años y metiendo mano en casas de amigas y causando más problemas que la falla original.

A lo largo de estos años he logrado combinar las clases de filosofía con los trabajos de electricidad. Así, hemos avanzado en temáticos de género a partir de acontecimientos reales y personales. He conocido la vida dura de la periferia y he realizado cientos de trabajos eléctricos en mi vecindario y para las familias de mis alumnxs. En general, se trata de no cobrar sino de hacer un trueque con lo que lxs demás quieran compartir.

Y lo que más deseo es montar una estructura móvil de caños, cajas y cables para implementar cursos destinados al género femenino, en casas culturales afines.

En eso estamos.

Foto1432Carola Saenz Pardo. Profesora de filosofía en La Plata, Argentina. Su primer título consistió en el de electricista domiciliaria. Espera implementar cursos de electricidad para mujeres y las personas que se identifican con el género femenino en los clubes o centros culturales en los que pueda prosperar su propuesta. Arde por construir un oficio trans-género

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