Contra el Instituto de la Maternidad. Por Cloe Mirenda

¿Derecho o destino?

El 11 de mayo de 2015 la ONU denunció a las autoridades paraguayas por no permitir el aborto seguro a una niña de 10 años, cuyo embarazo fue consecuencia de la violación de su padrastro. Como informó Amnistía Internacional, tras expresar el deseo de interrumpir el embarazo, la madre fue imputada por incumplimiento de deber de cuidado y por complicidad en abusos sexuales, a su vez la niña fue enviada a un hogar para niñas madres.

En Paraguay el aborto está permitido sólo si está en riesgo la vida de la madre, mientras que en caso de violación, incesto, malformación del feto o libre elección de la mujer, está prohibido. Asimismo, en casi todos los países latinoamericanos, con excepción de Puerto Rico[1], Cuba, Guyana, Barbados, Guyana Francesa y Antillas Francesas[2], el aborto es ilegal o está permitido sólo en algunos casos específicos que varían entre los estados. A causa de estas restricciones, para millones de mujeres en todo el continente no es posible decidir libremente sobre la posibilidad de interrumpir un embarazo no deseado. De esta forma, la maternidad, en lugar de constituir un derecho y una expresión de autodeterminación, se convierte en una obligación que priva a las mujeres del poder de decidir sobre su cuerpo y su vida reproductiva.

Para entender cuál es la raíz de la maternidad forzada, tenemos que dar un paso atrás e intentar reconstruir el proceso que ha transformado una posibilidad en un destino para el género femenino. Si analizamos qué subyace a tal imposición, nos damos cuenta de que los estereotipos de la maternidad constituyen el núcleo de la inferiorización universal, y a la vez histórica, de las mujeres: relegar el género femenino al papel de madre, con su respectivas connotaciones privada y doméstica, es lo que ha permitido privarlo del poder de participar e incidir en la vida pública y, en última instancia, de compartir este poder con el género masculino. Por tal razón, es necesario examinar críticamente el papel maternal y empezar a pensarlo como una construcción social en lugar de asumirlo como la consecuencia lógica de la constitución biológica femenina. Sólo así es posible transformar la condición de subalternidad a la que hemos sido obligadas socialmente por ser mujeres.

Fecundidad: el inicio de la expropiación

El escrito que revela mejor que ningún otro las razones primigenias del papel social subordinado asignado a las mujeres es “Masculino/femenino II: disolver la jerarquía” (2007, ed. or. 2002), escrito por la antropóloga estructuralista Françoise Héritier. La autora analiza las constantes y las condiciones que llevaron a las sociedades humanas a traducir la diferencia entre los sexos en jerarquía, donde uno de los sujetos tiene el poder y el control, mientras el otro queda subordinado y excluido. En todas las culturas se pasó de la observación de las diferencias biológicas entre los sexos a la construcción de la diferencia de poderes de un género sobre el otro, definida por la antropóloga como «valencia diferencial entre los sexos»[3]. Esta diferenciación se produjo, y se sigue reproduciendo, a través de categorías jerárquicas y opuestas: aquellas asociadas al género masculino tienen características y elementos considerados positivos (caliente, fuerte, superior, seco, razón), por lo contrario, las asociadas al género femenino presentan características y elementos percibidos como negativas (frio, débil, inferior, húmedo, instinto). Este universo conceptual se plasmó, según Héritier, a partir de la observación de que las mujeres dan a luz y de que, por ende, la procreación y la reproducción social de la  especie entera dependen del vientre femenino. La constatación de la dependencia crucial de la especie humana de las mujeres coincide con el inicio de su subordinación, la cual, significativamente, consiste en la expropiación de los cuerpos y del «privilegio de la maternidad». En este sentido, la valencia diferencial entre los sexos es la expresión de la voluntad de inferiorizar conceptualmente al género femenino para poder apropiarse de su fecundidad. Como afirma la antropóloga «el motor de la jerarquía está ahí: en la apropiación de la fecundidad y su repartición entre los hombres».

Pero hay algo más: las mujeres generan hijos de ambos sexos. Esto significa que para reproducirse en lo «idéntico a sí mismo», o sea, para tener hijos varones, los hombres necesitan pasar por el cuerpo de una mujer. Ésta es la verdadera razón por la que el género masculino sintió la necesidad de hacer dependiente de él el recurso que le permite reproducirse, el cuerpo femenino. A tal propósito, la poeta feminista estadounidense Adrienne Rich afirmó en su ensayo sobre la experiencia de la maternidad, “Of Woman Born: Motherhood as Experience and Institution” (1976)[4], que el cuerpo de la mujer es el terreno sobre el que se ha erigido el patriarcado.

CONTRA EL INSTITUTO

El análisis que realiza Rich nos puede ayudar a dar un paso más en la reconstrucción de la condición de maternidad forzada que viven millones de mujeres a nivel mundial. Ella sugiere separar las dos acepciones de maternidad que normalmente se tienden a sobreponer: por un lado la relación potencial de las mujeres con sus capacidades de reproducción y, por el otro lado, el «instituto de la maternidad», lo cual garantiza que el potencial generador permanezca bajo el control masculino. Deconstruir de tal forma el concepto de maternidad nos permite poner en evidencia todos aquellos dispositivos, prácticas e instituciones que han hecho posible la manipulación de esta peculiaridad femenina en función del mantenimiento del poder de un género sobre el otro.

Como señala Rich, la institución de la maternidad difiere mucho de las otras instituciones en las que solemos pensar, como la eclesiástica, la política, la académica y la jurídica. Cuando pensamos en la maternidad no nos vienen a la mente ni construcciones simbólicas, ni personificaciones de autoridad, no se piensa en as leyes que la regulan, el precio pagado por las mujeres que no se adecuan al modelo constituido, la medicina que ha controlado la fertilidad femenina a través de las esterilizaciones forzadas, el arte pictórico que ha representado durante siglos madres serenas y resignadas. Pero, sobre todo, no pensamos que este sistema no ha sido configurado por mujeres, sino por hombres. Sin embargo «cuando una mujer sabe que en su cuerpo está creciendo un hijo, se encuentra bajo el poder de teorías, ideales, arquetipos, descripciones de su nueva existencia, de los cuales casi ninguno proviene de otras mujeres […] y todos han flotado invisiblemente sobre ella desde que se percibió por primera vez como hembra, y por lo tanto, potencialmente madre» (Rich, 1976). Si la observamos desde este punto de vista, en un sistema de vida patriarcal la maternidad aparece por lo que realmente es: un imperativo social, regulado por normas y tradiciones que encasillan las vidas de las mujeres en un esquema rígido que no prevé el derecho a la no maternidad.

La maternidad, considerada en la acepción de “institución” y de “imperativo social”, hace que las mujeres sean reclusas en su propia condición y que el precio a pagar por no reflejar perfectamente el modelo constituido sea la estigmatización y el rechazo social. Para entender más a profundidad el instituto de la maternidad podemos utilizar los lentes que nos proporciona la categoría de «cautiverio», a través de la cual la antropóloga feminista Marcela Lagarde define la relación entre las mujeres y el poder patriarcal. El cautiverio es la expresión político-cultural de la condición de las mujeres, que se caracteriza por la obligación a realizar las tareas asignadas a la categoría femenina. La vida de las mujeres cautivas, según Lagarde, es estereotipada y sin alternativas: existe un número reducido de opciones culturales dominantes y socialmente aceptadas que condicionan a las mujeres en la realización de sus vidas.

Una de estas opciones es, propiamente, la «madre-esposa», cuyos elementos característicos son la maternidad, la sexualidad procreadora y la conyugalidad. El cuerpo de las mujeres que pertenecen a esta categoría, casto, fiel y deserotizado, está al servicio de las exigencias de reproducción y del deseo sexual del cónyuge: es un «cuerpo-para-los-otros» (Basaglia, 1982)[5]. La relación conyugal que se establece en un sistema patriarcal relega a la mujer al papel reproductor y la expropia de su cuerpo, otorgando a otros sujetos derechos sobre él: el esposo, la familia, el Estado.

YO NO NACÍ HETEROSEXUAL

Cómo derrumbar el Instituto

A la luz de lo mencionado resulta claro que, para vencer la dominación masculina universal, lo que las mujeres debemos hacer es destruir el instituto de maternidad a través de la reapropiación del control sobre nuestros cuerpos y nuestra fecundidad. Esto puede ocurrir en primera instancia a través del uso de métodos anticonceptivos, gracias a los cuales, citando una vez más las palabras de Héritier, «la mujer deviene dueña de su propio cuerpo y ya no es considerada sólo como un recurso» (Héritier, 2007). Poder decidir sobre la vida reproductiva constituye el cimiento de la emancipación femenina, sin embargo la situación es más compleja porque no está relacionada sólo con los ordenamientos jurídicos relativos a los derechos reproductivos, sino que involucra una serie de categorías conceptuales que tienden a diferenciar los dos géneros y a naturalizar sus diferencias. Una de estas categorías es la del instinto maternal, la cual cubre con un velo de animalidad el conjunto de normas, actos y saberes que llamamos “maternidad”. Hablar de instinto maternal significa borrar completamente elementos como la voluntad y el deseo responsable por procrear, que deberían ser las bases de cada embarazo.

La maternidad es en realidad una construcción social tanto como la paternidad, sin embargo estos dos roles no son considerados de manera equivalente: nunca se habla de instinto paternal, el ejercicio de la paternidad no define la identidad masculina, mientras que las mujeres son definidas como tales en cuanto madres, no obstante, éstas son las únicas sujetas que se ven afectadas y discriminadas – a nivel profesional y económico – por tener hijas o hijos. Esta reflexión ha conllevado a diversas pensadoras feministas a revisar completamente los roles sociales asociados al género femenino, a considerar la maternidad una forma de servidumbre y rechazarla completamente. El ejemplo paradigmático de esta postura es Simone de Beauvoir, que considera que la única vía posible para la liberación de las mujeres en la sociedad occidental (donde, según la escritora, en esa época se responsabilizaba únicamente a las mujeres de las tareas reproductivas) es la negación de la maternidad[6]. Sin embargo, atribuir al género femenino la responsabilidad sobre la reproducción y el cuidado de los hijos no es un hecho inevitable, por lo contrario, se trata del nudo crucial al cual se puede apostar para transformar la relación entre los géneros.

La solución consiste en dejar de reducir la maternidad a mero instinto y posteriormente hacer una total revisión del mandato social atribuido tradicionalmente a las mujeres, para desdibujar sus contornos y encontrar alternativas originales e inéditas. Para tal propósito, Adrienne Rich afirma que «Destruir el instituto no significa abolir la maternidad. Significa llevar la creación y el mantenimiento de la vida al mismo plano de decisión, lucha, sorpresa, imaginación y racionalidad de cualquiera otra tarea ardua, pero elegida libremente» (Rich, 1976). La autora reflexiona e indica los términos de una nueva relación madre-hija, que sepa romper con la tradición de autonegación que las madres han vivido. Para poder construir esta nueva relación es necesario que las madres sean conscientes de su condición de género y que hablen de contracepción y sexualidad con sus hijas. En esta relación íntima, privada y al mismo tiempo profundamente política, se encuentra gran parte de la posibilidad de resistencia de las mujeres contra el sistema de expropiación de sus cuerpos y de su fecundidad. En este sentido, el mismo papel maternal, una vez que haya salido de la rígida estructura que regula sus prácticas y representaciones, adquiere una fuerza renovada en grado de derrumbar el dominio patriarcal e institucional sobre los cuerpos y las mentes de las mujeres.

 

[1]   En Puerto Rico rige la legislación estadounidense.
[2]   En Guyana Francesa y Antillas Francesas rige la legislación francesa.
[3]   Héritier, Françoise, 2007 (ed. or. 2002), Masculino/femenino II: disolver la jerarquía. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
[4]   Rich, Adrienne, 1976, Of Woman Born: Motherhood as Experience and Institution, W. W. Norton & Company, New York.
[5]   Basaglia, Franca, 1983, Mujer, locura y sociedad, Universidad Autónoma de Puebla.
[6]   Simone de Beauvoir, 1949, El segundo sexo, Cátedra, España.

Imágenes: Medusczka y Sistema Nacional de Fototecas.

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One comment

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