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“¡Si no te vas, te mato!”: El “Hipersensible” que ilustró un libro contra el feminicidio.

El proceso es complejo y profundo. Está lleno de sutilezas. Su objetivo es enmudecer y paralizar a una mujer haciendo uso del mito del amor romántico para explotarla de alguno, o de todos los modos posibles: ¿sexual, económica, laboral, creativamente? La lista es larga. El modus operandi lo hemos desmenuzado antes con depredadores como Felipe Oliva.

¿Por qué son depredadores? Porque con la constancia de una gota de agua que horada una roca, a través de palabras y acciones (como armas de guerra) van devorando día a día, poco a poco, la luz, la voluntad y la autoestima de las mujeres que convierten en sus presas de caza. Su objetivo es succionar la alegría, la esperanza y la energía vital (sí, igualito que los “Dementores” de Harry Potter) de una o varias mujeres para nulificarlas y ponerlas a su servicio. El modus operandi es la estrategia con la que buscan arrancarlas poco a poco de la lucidez y el instinto de supervivencia que les ayudarían a darse cuenta de que su integridad sicológica, emocional y física están en peligro.

Erika* y Lucía* hicieron llegar a La que Arde a través de La Casa Mandarina -organización que brinda acompañamiento a sobrevivientes de las violencias machistas- sus testimonios para prevenir a otras mujeres sobre el modus operandi de Sergio José Bustamante Suárez, el Dementor que presuntamente las violentó física y emocionalmente, y las explotó económica, laboral y creativamente durante años: diez en el caso de Erika*, dos en el caso de Lucía*.

Sergio José Bustamante Suárez, dueño de la marca de playeras “Los Hipersensibles”, recientemente consiguió ilustrar la portada de un libro cuyo objetivo es -¡oh, dolorosa ironía!- combatir la violencia feminicida. El libro, escrito por su actual esposa, será presentado este viernes 2 de septiembre en la UNAM, en el marco de la campaña “He for She”, que, irónica y tristemente, pretende combatir la violencia contra las mujeres.

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Tal como lo hacen los “Dementores” (detrás de una capucha), estos depredadores siempre ocultan su verdadero rostro (que puede ser cualquiera) detrás de una máscara de hombres afables y apacibles, quitándosela únicamente cuando dan a sus víctimas el temible “Beso del Dementor”, con el cual les roban el alma.

Aunque este tipo de dinámicas llevan siglos sucediendo, resulta tremendamente difícil combatirlas cuando la maquinaria del machismo no cesa de trabajar un solo segundo, principalmente a través del mito del amor romántico, para ocultar a los ojos de niñas, adolescentes y mujeres el hecho de que dormir con el enemigo, mucho más allá de una película, es una amenaza real, sobre la cual es urgente estar prevenidas.

Por ello es tan necesario seguir alimentando nuestra propia maquinaria de la vida y la luz, seguir haciendo conciencia todos los días sobre esta plaga asesina de cuerpos y almas. ¡Retomemos la tradición oral de nuestras ancestras para fortalecernos, prevenirnos y protegernos entre nosotras! ¡Entrenémonos, como Harry Potter, en el arte de identificar y ahuyentar a los Dementores desde los primeros signos! Dejemos de ser de una vez y para siempre las víctimas perfectas de estos depredadores.

Erika* y Lucía* le arrebataron a Sergio José su poder de destrucción cuando se alejaron de él. A continuación, con el objeto de prevenir a otras mujeres, nos explican cómo es su rostro cuando se quita la máscara que lo oculta ante el mundo exterior.

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Los Testimonios de las sobrevivientes

Erika*

Durante diez años de mi vida con Sergio Bustamante me acostumbré a no hablar con mis amigxs, a entender como normales los moretones en mis brazos, piernas y nalgas; a llorar mucho, al menos una vez por semana; a sentirme idiota; a creer que mi trabajo no valía nada. A creer que yo no valía nada. No se lo deseo a nadie. Sí, fui víctima de una relación de abuso con la que empecé cuando tenía 17 años. ¿Dónde estaban mis padres, mi autoestima, mi red de apoyo, mi fuerza, mi rebeldía? No lo sé, supongo que se quedaron suspendidos, y por varias razones que son muy largas de explicar en este correo, me quedé con un abusador por más de 10 años.

Al principio hubo varias alertas, pero siempre las ignoré:

  1. Me prohibió que le hablara a un amigo de la preparatoria. Desde ese momento dejé de tener amigos y amigas, y comenzó a ponerme nerviosa hablar con otros hombres.
  2. Una vez en el transporte que nos llevaba al metro de regreso de la universidad, estaba levantándome del asiento cuando sentí un zape muy fuerte en la cabeza: Sergio me había pegado porque supuestamente yo estaba viendo al chavo que iba sentado adelante de nosotros. No supe qué hacer. Creo que fue la primera vez que me sucedía algo así. Todavía había compañerxs de la escuela en el microbús, así que, aunque se me resbalaron dos o tres lágrimas, hice como que no pasaba nada. A partir de ahí muchas veces me agredió en la calle y yo intenté hacerme la que no pasaba nada.
  3. Él nunca trabajó de manera “formal”. Cuando yo comencé a trabajar inmediatamente me pidió que viviéramos juntos, obviamente para tener el control de mis ingresos. Mientras fuimos pareja yo me hice cargo de todos los gastos.
  4. Alguna vez su madre vio cómo me arrastró y me pegó en su casa. La señora no hizo nada.
  5. Me contó que en la preparatoria no. 8 de la UNAM a la que asistió entre 1994 y 1997 una chica lo denunció. Él dijo que la chica se había vuelto loca, que lo llamaba a altas horas de la noche y que él ya no aguantó la situación y la mando al diablo por teléfono, por lo que esta chica lo acusó en la dirección, diciendo que la estaba acosando, por lo que casi lo expulsan de la escuela. Obviamente debí suponer que la historia fue al revés. Este recuerdo me llegó hasta ahora que he platicado con Lucía*. Puede ser que no haya antecedente de esto porque sus familiares son simpatizantes del PRI, y practican la cultura de la mordida para todo.

¿Por qué lo comparto? Porque sé que actualmente está casado, lo que implica que su esposa podría estar viviendo lo mismo que yo viví. Porque sé que ilustró un libro sobre violencia feminicida que su esposa elaboró con todo su corazón, intelecto y capacidad. Porque a través de las redes sociales me enteré de que otra mujer, también ex pareja suya, estaba tan indignada como yo al enterarse de que quien la había golpeado tiempo atrás ahora ilustraba la portada de un libro sobre feminicidio. Cuando leí esa publicación desperté y me di cuenta que no he sido la única violentada por Sergio. Gracias a la apertura de Lucía* pudimos reunirnos y compartir lo que vivió cada una de nosotras.

Escribir esto me duele, porque me hubiera gustado no vivirlo. Me hubiera gustado estar en la universidad como cualquier chica normal, con amigas, sin miedo a hablar con otros hombres, sin cargar la responsabilidad de entregar, además de mis trabajos escolares, los de alguien más, sin tener que hacerme tonta si Sergio me pegaba en la calle, sólo disfrutando de esa etapa.

Tengo muchas anécdotas, pero quiero contar una en especial que me identifica con la actual esposa de Sergio. Yo tenía 20 años y quería ser escritora, por lo que iba a todos los periódicos a dejar mis trabajos. Un día en un suplemento cultural me dijeron que publicarían uno de mis cuentos en un especial de mujeres. Cuando Sergio se enteró, me dijo “pues que uno de mis cuadros ‘ilustre’ tu cuento”. Yo pasé días rogándole al Editor que el cuento saliera con la ilustración de Sergio, porque sabía que si no lo conseguía él se pondría mal. Sergio nunca se presentó en el periódico, yo era la portavoz (siempre fue así). Finalmente mi insistencia y necedad lograron que publicaran la imagen; a partir de ese momento, cada vez que yo publicaba algo tenía que hacerlo con sus ilustraciones, para no desatar su ira. A partir de ese día trabajé para él. No sólo invertí mi tiempo, también mi trabajo y mi dinero para que él no tuviera que pararse en ningún lado a solicitar nada.

El día que me fui del departamento donde ahora vive Sergio con su esposa, dejé todo lo que YO había comprado: la estufa, la lavadora, el comedor y el refri. Ese día él tiró mi ropa por todos lados, me jaló del cabello y me arrastró por todo el pasillo, despedazó mi celular. Yo ya estaba acostumbrada a que Sergio rompiera mis cosas. También a que me rompiera la madre. Aún así me dio terror, como me sigue dando, pero empecé una nueva vida y ahora decidí compartir esto públicamente porque me di cuenta que no he sido la única de la que él ha abusado. No quiero que nadie más sienta el miedo que yo experimento cuando describo lo cuento aquí.

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Lucía*

En dos años alguien cambió el curso de mi vida. Tristemente no fue para bien. Su nombre es Sergio Bustamante.

Lo conocí como profesor del taller de serigrafía en Casa Talavera, donde impartía clases. Yo asistía regularmente a las clases, terminé pasando tiempo con él y finalmente siendo su pareja. Sergio parecía amable e interesado en mí; pronto me dio las llaves de su casa y me ofreció su espacio (yo estaba en trámite de comprar un departamento, cosa que le comenté, y me quedaba muy bien pasar tiempo en casa de mi pareja).

Uno de los primeros incidentes que tuvimos fue una ocasión en que me retrasé en mi periodo. Yo estaba ansiosa porque los días pasaban y no me bajaba. Al principio Sergio se mostró tranquilo y comprensivo, pero conforme pasaba el tiempo fue perdiendo los estribos hasta que me corrió de su casa. Yo debí haberme dado cuenta en ese momento de quién era Sergio, pero simplemente lo dejé pasar. Las cosas se “arreglaron” no sin que Sergio me dijera que su reacción había sido mi culpa, por haberlo puesto en ese estado de estrés.

En menos de un año terminamos viviendo juntxs; a veces me decía que le gustaba que viviéramos juntxs y a veces me reclamaba que no me fuera nunca. Yo ya no estaba segura de qué quería, pero respondía a sus pocas muestras de cariño.

No recuerdo exactamente en qué momento comenzó la violencia física, pero los gritos y el maltrato emocional se hicieron cosa de todos los días. Él odiaba que yo estuviera en la Maestría; todos los días me decía que mis estudios no eran importantes, que lo que él quería era tener una casa limpia y comida en la mesa. Me gritaba que yo no era mujer porque no tenía la casa como él la quería y por no comportarme como “una mujer de verdad”.

Yo le temía. Temía que se enojara, y que no me quisiera, aunque era evidente que no lo hacía. Me exigía que pagara la mitad de todos los servicios y a veces más, aunque toda la casa estaba ocupada por él. No me permitía tener un espacio para mí, lo que llevó a uno de los episodios de maltrato físico que viví dentro de esa relación: el departamento tenía tres cuartos, uno estaba destinado a la oficina, donde me permitía guardar mis libros en dos estantes de un librero y sentarme en un pequeño sillón de una plaza; el resto de la oficina la ocupaba él. Como mis libros no cabían en ese espacio, me las arreglé para llevar un pequeño mueble, de esos que se hacen con rejas de dos estantes, donde pude guardar mis libros.

Me tenía prohibido usar su computadora y tenía que pedirle permiso para usar la impresora. Ese día en especial estábamos trabajando los dos en la oficina, él siempre estaba paranoico porque se sentía observado por mí, simplemente por que yo estaba a su lado. No recuerdo exactamente por qué inició la discusión (para él cualquier cosa era motivo de reclamo), pero se quejó de mi supuesto acoso a su trabajo, de que lo vigilaba (cosa que evidentemente no hacía) , de que “nada más me la pasaba viendo con quién platicaba” y en un arrebato de furia me corrió del cuarto, arrojó mis libros contra mi cabeza y cuerpo y aventó todas mis cosas fuera del cuarto. Finalmente me gritó que si no me callaba me aventaría todos los libros de fotocopias, que eran muchos, sin engargolar, y que hubiera sido un largo trabajo poner en orden. Aunque preferí callarme, él seguía golpeándome con mi cosas; cuando finalmente terminó, cerró la puerta del cuarto y nunca permitió que volviera a entrar si no era para contestar el teléfono, pidiéndole permiso previamente para hacerlo.

Los incidentes violentos continuaron, los gritos y comentarios ofensivos eran cosa de todos los días. Desaprobaba a mis amigos y no quería que lo vieran en público conmigo, criticaba mi forma de vestir y cada una de mis acciones, me obligaba a trabajar para él los fines de semana en la venta de sus playeras (tiene una marca de playeras llamada “Los Hipersensibles”) alegando que me dejaba “un pequeño espacio para vender mis cositas” (yo también tengo una marca). Todo el tiempo me recordaba que no me cobraba el espacio y que gracias a él yo tenía lo que tenía; incluso llegó a preguntarme “¿qué se siente ahora sí trabajar?”.

Era un tipo abusivo en todos los sentidos: el económico, el emocional y el físico. Cada vez que se lo decía él gritaba que lo que él quería era una mujer callada, que no le interesaba una novia sino una sirvienta, alguien que le sirviera.

Descalificaba mis proyectos y mis estudios de Maestría con comentarios como: “pues 9.3 no es tan buena calificación”, “ya deja de hablar de tus mamadas de la maestría”, “tu proyectito ése que haces ni es de verdad”. En alguna ocasión me reclamó no ser exitosa porque había conocido a una chilena antes que a mí (que ahora es su esposa) que ya había terminado su Maestría, que había estado interesada por él y que por mi culpa “la había dejado pasar”.

La relación siguió varios meses más entre llantos y gritos, con mi autoestima cada vez peor. Cuando logré comprar mi departamento me gritó que no lo merecía porque no había hecho nada para tenerlo.

Cada vez se mostraba más avaro y cruel conmigo, hasta que un día perdió totalmente el control: yo despertaba temprano y cuando él tenía otro evento yo debía llegar al lugar donde vendíamos con mis cosas para apartar lugar, ya que él temía que si faltaba en alguna ocasión ya no lo considerarían al momento de repartir los espacios. Yo estaba con él en casa y se me hizo un poco tarde; cuando llegué al lugar la persona que repartía los stands me comentó que ya sólo quedaba un pequeño lugar, que me pondría allí y al otro día haría lo posible por darme el espacio del tamaño que siempre nos asignaban. Cabe aclarar que yo sólo llevaba mis cosas para vender, en esa ocasión no llevaba nada de su mercancía porque él tenía otro evento.

Sergio llegó un poco más tarde para llevarme un banco donde sentarme. Cuando vio el pequeño lugar que me había tocado se enfureció, pero no dijo nada porque se le hacía tarde para llegar al otro evento, y principalmente por que todos lo veían. Yo sabía lo que me esperaba en la noche al llegar a casa.

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Llegué un poco antes que él y pasé a comprar algo para cenar. Él llegó a la casa enfurecido por lo que había pasado, gritando y reclamando por el lugar que YO había perdido y que lo había hecho perder, gritando que ni para eso le servía. Yo le contestaba que nada había pasado, que al otro día recuperaría el lugar grande y que él no había tenido ninguna consecuencia por que no había ido a vender ese fin de semana. Él me gritó que me callara y amenazó con aventarme el control remoto de la tv en la cara si no dejaba de hablar. Yo me escondí en cuclillas detrás de la cama; finalmente se tranquilizó un poco y fue a la cocina donde estaba la torta que le había comprado para cenar. Yo pasé por la cocina pensando que estaba calmado y que podíamos tener una cena tranquila. Cuando vi que se estaba comiendo la torta le dije “Está buena, ¿verdad?”, a lo que él, fuera de sí, contestó: “¡¿qué tiene de buena?!”. Entonces me aventó la torta a la cara y corrió detrás de mí; yo corrí hacia la sala y él comenzó a aventar una y otra vez la torta contra mí. Mientras yo me ponía en cuclillas en el suelo y protegía mi cabeza con las manos, Sergio levantaba la torta y seguía aventándola contra mí, hasta que la deshizo completamente. Entonces me siguió pateando hasta que le grité que ya me iba, que dejara de pegarme; en ese momento me paré, llamé a mi mamá avisándole que iba en camino y pedí un taxi. Eran aproximadamente las 2 am, el conductor del taxi escuchó mientras hablaba por el celular y platicaba lo que había sucedido y me instó a ir a denunciar pero no quise hacerlo, sólo quería que todo acabara.

Estuve adolorida y con moretones varios días; cuando llegué a casa de mi madre aún tenía en la cabeza el aguacate de la torta al pastor que Sergio me había aventado. Ahora cuando lo recuerdo no puedo evitar reírme. Regresé a su casa por mis cosas y ya tenía todo en bolsas, no permitió que yo escogiera nada y volvió tratarme con insultos y humillaciones: “¿qué no tienes amigos que te vengan a ayudar?, “ ya no podemos regresar por que yo ya me he cogido a muchas otras mujeres”, “si no te vas ahora, seguro te mato”, “yo necesito una mujer cabrona y tú no lo eres”, “me caga cómo hablas, cómo te vistes, quién eres, toda tú… me cagas.”

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Sergio José Bustamante Suárez, el presunto agresor.

Yo por alguna razón, que ahora no logro comprender, no quería dejarlo, estaba viviendo un infierno y no sabía como desengancharme, creía que yo tenía la culpa, que era yo quien estaba mal y que no era suficiente para él.

Un par de meses después me buscó y tontamente regresé con él, pensé que si me buscaba era por que había cambiado, ¡claro que no! Se comportó exactamente igual: me exigía pagar los servicios de su casa porque, aún cuando ya no vivía con él, pasaba mucho tiempo ahí. Cuando le reclamaba o decía algo al respecto me corría, no sin antes insultarme, hasta que un día terminó conmigo por teléfono -cosa que agradezco infinitamente- y envió a alguien que trabajaba para ambos a decirme que no contara nada.

Un tiempo después me pidió que regresáramos. Me llamaba, me buscaba en mi casa y me escribía. Yo ya no regresé con él. Después me enteré que se casó, y seguí viéndolo, pero nunca me acerqué más a él.

Tiempo después vi una publicación en Facebook donde exhibía orgullosamente la portada de un libro que llevaba una ilustración suya. Cuál sería mi sorpresa al ver el tema del libro: ¡Feminicidio en Chile! ¡No podía creerlo!

La relación con Sergio me generó muchos problemas emocionales: tuve que ir a terapia porque no conseguía relacionarme con nadie, pasé por muchas experiencias terribles, preguntándome si era yo quien estaba mal, si no era suficiente, permitiendo sus engaños y maltratos. ¡Me tomó casi cuatro años volver a establecer una relación amable y estable, después de mucho llorar y de muchos años de trabajar mi autoestima!

Parece fácil pero no lo fue, ¡aún sigo lidiando con las secuelas! ¡¿Cómo era posible que esa persona estuviera en esa portada y la exhibiera como un trofeo?! Lo comenté públicamente en Facebook, a lo que él respondió borrando mi publicación.

Un tiempo después recibí un correo de una ex pareja de él. Erika* me escribió al saber de mi publicación y al darse cuenta de que las dos habíamos vivido lo mismo. Quedamos de vernos para platicar, decidimos construir un frente común, decidimos hacer algo, decidimos apoyarnos, no callar ni una vez más. Y ahora estamos aquí, intentando poniéndole voz a nuestras experiencias, robándole espacio al silencio.

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Material de denuncia utilizado durante la marcha de protesta llevada a cabo por
estudiantes organizadas contra las violencias machistas en la UNAM el pasado 2 de septiembre.

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*Los nombres de las sobrevivientes han sido omitidos por seguridad.

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