La vida primero, por Montserrat Bonfil.

El frío de sus manos acusa a la muerte que, escondida entre las uñas, saltará en cualquier momento para chupar lo que queda de calor. Sus pestañas se encogen para que los ojos puedan mirar. Los dedos de Doña Lucha llevan el peso de la muerte en las puntas, se doblan como chicle, como un bumerang al que no le queda viaje. Mis uñas se acortan entre dientes rechasqueantes y me pregunta Don Alfonso:

–¿Para qué cruzas el parque?
– Para tomar el autobús.

La diferencia entre auto y micro radica en las leyes del tiempo y del espacio. Al tiempo lo definen pies y manos que giran, empujan y aprietan los micro aparatos locomotivos. Al espacio lo define un peso más, o sea la gravedad que te lleva sentado sin jaloneos ni la cumbianchera alegría de un neón titilante.

Un letrero grita: ¡Alto, tu vida es primero!

El tren corría por aquí hace cincuenta años. Y pienso: Hablan los letreros obsoletos a quien precise escuchar. No hay tic-tics sonando para nadie: suenan y ya. También mis tripas suenan: tic-tic.

Me fijo que no venga el tren y cruzo el parque. Con las manos escondidas de vergüenza, desafío a las leyes de la física. El futuro también alcanzó a los hombres de antes.

Frente al espejo, conté: tres canas, tres barros. El tiempo se balancea naturalmente en mi organismo. Mi juventud se escapa de blanco y vuelve a mí con el mismo color. Las arrugas no están en la balanza: son las comas y los acentos del clímax de esta historia.

Doña Lucha lima sus uñas con cuidado para no azuzar la sed del otro mundo, esparce el polvito amarillo sobre tres tulipanes rojos, susurrando una canción.

Don Alfonso le grita con el ojo que sí ve y Doña Lucha se sienta a ver pasar mis canas.

El ojo de Don Alfonso brinca, de un lado a otro, como la mira de una escopeta a punto de disparar en el blanco, su objetivo: niños que giran en círculos sobre cochecitos motorizados y que están a punto de pisarle los callos con las llantas lisas de plástico. Encoge la punta de los pies, captura el objetivo y dispara. El niño se desintegra junto con la carrocería y las llantas.

¡Qué alivio!, piensa el padre, exhausto de correr tras el endemoniado chamaco.

¡Qué tragedia!, grita la madre, que ya extraña el caramelo en sus mejillas.

Doña Lucha concluye su canción y el niño reaparece tan motorizado como antes.

Don Alfonso vuelve a encoger los pies, fija su mirada en mí. Abre el otro ojo,

el ojo que ve al tren. El tren corre junto a mí, el viento me enreda el pelo.

Don Alfonso ve otro fantasma y Doña Lucha retoma su melodía.

Los viejos me ven pasar, cada día, cargando a los tres: al tren, al mar y al marinero. Pesa su olor amarillo, la mujer tatuada, sus ojos negros…

La canción de Doña Lucha evita que el tren me embista, el mar me azota contra los alcatraces y el marinero toma mi cintura para besarme.

Don Alfonso vuelve a abrir la mirilla, afina la puntería, Doña Lucha aprieta

las arruguitas de sus labios y me quedo lamiendo el pistilo de un alcatraz con sabor a sudor de mar. Mi boca escaldada, sube al autobús.

 

Imagen: allweirdpics

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